rincon sexologico

Artículos de opinión sobre la sexualidad humana y la sexología desde distintas perspectivas, médica, psicológica, educativa, social, etc...

22 enero 2007

El amor o el costo-beneficio en la pareja






Pedro Villegas Suárez







Tengo en consulta actualmente una pareja que se hace eco de unas circunstancias muy repetidas en muchas ocasiones y en bastantes parejas. Llevan casados 6 años, ella tiene 42 y el 45. Ella contabiliza una pareja anterior a la actual, él ocho, con lo que aparentemente él tiene más experiencia (la de ocho rupturas). Vienen a consulta porque esperan que la mejora de su vida sexual arregle la situación de pareja, que está absolutamente deteriorada, falta de respeto mutuo, discusiones permanentes, total desequilibrio de responsabilidades domésticas y una falta de comunicación efectiva importante.
En realidad el motivo de que él decida acudir a un sexólogo es que a él le apetece sexo a diario y le gustaría que ella fuese capaz de mantener su ritmo. Dice que también le apetecería que ella fuese capaz de hacer los numeritos sexuales que sus fantasías recrean, todas muy típicas de una educación pornográfica. Es decir mucho aquí te pillo, aquí me haces…y poco o nada de ternuras.
Al preguntarle a ella dice sentir ganas de vez en cuando pero que cuando se lo plantea a él siempre termina igual, con el pene en la boca directamente y con ninguna erótica. Ella ha pasado a “tragar” con todas las actividades sexuales que a él le han ido apeteciendo, en cambio jamás ha conseguido lo poco que plantea, más caricias y menos penetraciones a destiempo. Dice sentirse obligada a mantener las relaciones pues efectivamente él tiene mucho más deseo que ella pero, comenta, yo me paso el día entero trabajando y él todo el día aburrido en casa, con lo que yo estoy cansada tras acostar a nuestro hijo y él me está esperando en la cama con intención de que yo haga otro esfuerzo. Aquí una situación típica, cuando habla él el problema se centra en la falta de apetito sexual de su pareja, cuando es ella la que habla aparecen todas las circunstancias sociales y domesticas. Ella con los pies en la tierra y el en sus fantasías.
Los hombres estamos educados en un “no me pasa nada”, si Ortega decía “yo soy yo y mis circunstancias”, no debemos olvidar la segunda parte de esta frase, “y si no salvo mis circunstancias no me salvo yo”. El hombre masculino ha sido educado en “yo soy yo y mi sexo” vs. “mejoro mi sexo y mejoro yo”. Muchos hombres acuden a consulta con la idea de que quitando, por ejemplo la eyaculación precoz que lleva arrastrando quince años, van a conseguir mejorar la relación sentimental de su pareja.
Otra de las circunstancias educativas de la masculinidad mal entendida y que mas daño nos hace. Los hombres “lo controlamos todo”. Controlamos o creemos poder controlar el consumo de alcohol, el de las drogas, el volante de nuestro coche, nuestras emociones. “Yo no lloro jamás” como si tragarnos las lágrimas arreglase la circunstancia que las provocó, como si ello nos quitase el odio, la rabia o la pena. La psicología en el hombre no cuenta, “con mi capacidad de autocontrol como voy a tener problemas psicológicos”. Ya hace unos años, Luis Bonino, psicólogo especializado en los estudios sobre la masculinidad comprobaba como a los Servicios de Salud Mental acudían más mujeres que hombres en una razón de 100 a 1. Y hemos creído controlar el mundo y a las mujeres. Todos John Wayne, como si la criaturita fuese un ejemplo.
De hecho un gran problema del feminismo es tener que enfrentarse a esta creencia. El hombre masculino no quiere perder su “capacidad” de control, no quiere ser “controlado”.

En una relación de pareja cuenta mucho más que los sentimientos, con los que nos unimos y con los que decidimos establecer un vínculo más duradero, una ley llamada del “costo-beneficio”, es decir cuanto me cuesta a mí obtener qué beneficio.
En una balanza mis costos se deben equilibrar con mis beneficios que a última hora son absolutamente personales. Es decir a mi me puede compensar muchísimo pasarme dos horas en una cocina trabajando en una comida si al final quienes se la comen me dicen que les gusta lo que he hecho. Mucho costo para un beneficio muy personal. Así es como en realidad nos relacionamos más los seres humanos. Hay personas y personajes que todos conocemos que para compensarles sus “costos” hay que comprarles mansiones y otras más sencillas que le dices un te quiero y las tienes enganchadita de por vida. Independientemente del género u orientación.
En la mayoría de las parejas se establece una relación no hablada, gran error, en la que los costes están preestablecidos por los social, pero como digo no se comenta para nada entre ambos. Se da por sentado que si él es muy moderno, por ejemplo, seguro que se va a ocupar de las tareas domésticas y que si ella también lo es, por ejemplo, le va a encantar el sexo de las películas. Esta relación de “seguro que tu haces…” suele ser cuestión de unos meses cuando la relación se inicia, sobre todo por que en esa ley del costo-beneficio los sentimientos enardecidos tapan los agujeros que la realidad marcan y la balanza se equilibra a base de besos y cariños. Pero pasados unos meses, estos últimos tienden a desaparecer o disminuir bastante y sobretodo la balanza se desequilibra, generalmente en nuestra cultura de hombres masculinos en perjuicio de la mujer. Así ella va ganando en costos y perdiendo en beneficios. Actualmente es normal que mujeres como la del ejemplo con el que iniciado el artículo trabajen en casa y en la calle y hombres que trabajen solo en la calle y hagan”algo”en casa pero muy escaso.
Pienso al plantear esto que más de uno que autoanalice su balanza dirá que es él quien esta perdiendo más en base a sus costos, pero no debemos olvidar que a nivel particular todos creemos hacer mucho más de lo que realmente hacemos y sobretodo que estamos muy educados en ideas como “las tareas domésticas son de la mujer” y solo asumimos ciertas tareas, el resto como que no. No las aceptamos como responsabilidades propias.
Cuando la balanza la analizamos con las actividades sexuales, la mayoría de los hombres coincidimos en que las víctimas del disbalance somos nosotros. Nosotros “hacemos más” por la relación sexual de la pareja, - si por ella fuese en esta casa se haría una vez al mes- esta frase se repite en una y otra pareja. Sin embargo, cuestiono, ¿cómo va a desear sexo una mujer con el disbalance doméstico que acarrean y con la poca erótica que se suele dar en nuestra cultura?
El equilibrio de esa balanza no viene por la vía de exigir más sexo sino por la de dar más, asumir más costos y hacer que la otra persona se sienta beneficiada, seguro que más relajada de trabajo y con más erótica acaba sintiendo deseos y por tanto te dará más beneficios.
Al final muchas cosas en la vida guardan la misma relación, cuanto más doy más recibo.